FRANK OSTASESKI “La muerte es muy justa: nos llega a todos”

Fecha de publicación: 01/07/2018

Autor: Beatriz Calvo Villoria

Materia: Ética

Número: 74

En esta entrevista miramos de frente al gran tabú occidental, la muerte.  Frank Ostaseski tiene un currículum abrumador, pero se puede resumir en una vida dedicada a ayudar a los demás, recogiendo el testigo del boddhisatva que santifica el mundo con las virtudes excepcionales del amor compasivo. En 1987, co-fundó el Zen Hospice Project, el primer hospicio budista en América y acompañó a morir a miles de personas en sus brazos, con su bella mirada, con la hermosa presencia que destila una vida aprovechada para el Bien.

 

Es profesor de budismo, conferenciante internacional, líder en el cuidado contemplativo en procesos de morir… y dicen que es una de las 50 personas más innovadoras de América.

-Muchas gracias por estar aquí y contestar a mis preguntas.
-Me alegro mucho de estar con usted. Es un placer poder tener una conversación sincera.

-¿Cómo la muerte puede enseñarnos a vivir una vida buena, a vivir la verdad profunda de lo que somos?¿Y cuáles son las cualidades de ese ser profundo, de lo que realmente somos?
-Bueno… Morir es lo más humano del mundo. De algún modo, la muerte es muy justa: nos llega a todos. Nadie sale de aquí con vida, ¿no? Creo que, en primer lugar, debemos entender que, aunque la muerte puede ser hermosa y trascendente, también puede ser confusa y dolorosa, pero, sobre todo, es algo normal, corriente. Todos viviremos esa experiencia. Creo que no tenemos que ser alguien especial para morir bien. Creo que podemos hacerlo siendo gente corriente. Yo trabajo con gente que vive en las calles de San Francisco cambiando pañales en los bancos de parques detrás del ayuntamiento. Estas personas no suelen confiar mucho y, aun así, generalmente, enfrentan la experiencia de la muerte, que imaginan que será insoportable e inconcebible, pero la enfrentan de forma extraordinaria. Aun sin tener ninguna práctica ni ningún sistema familiar que los apoye. Así, incluso… es posible recibir a la muerte, no como a una enemiga, sino como una mentora. Creo que, de las cualidades que debemos tener para hacerlo, la primera es la actitud receptiva, la disposición a recibir, a acoger la situación tal y como llega. No significa que tenga que gustarnos, no significa que tengamos que estar de acuerdo, pero debemos estar dispuestos a recibirla. Primero, la actitud receptiva. Y, luego, tendríamos que tener la habilidad de sentir compasión, que es una parte del amor. Ésta surge como una guía para nosotros, como una respuesta particular al sufrimiento. Nos ayuda a ganarle terreno al sufrimiento. Y esta capacidad la tenemos todos, está en cada uno de nosotros. No creo que podamos guiarnos en la experiencia del sufrimiento sin la presencia de la compasión. Pero somos muy afortunados, porque todos nosotros tenemos acceso a esta compasión.

MORIR ANTES DE MORIR
-Los sufíes dicen: “Morir antes de morir para no morir cuando muramos”. Y utilizan técnicas de meditación para “aprender a morir antes de morir”. ¿Meditar es aprender a morir?
-Sí, este dicho de los sufíes existe en muchas otras tradiciones. Si aprendemos a morir antes de morir, entonces, cuando muramos, no moriremos. Creo que hay muchos paralelismos entre la práctica espiritual y el proceso de la muerte. Crece el silencio, nos volcamos hacia nosotros mismos, nos alejamos de los círculos externos de nuestras vidas, de las actividades de nuestras vidas. A menudo, podemos tener imágenes y visiones… y, de alguna forma, el inconsciente se pone en primer plano, algo que no solemos experimentar en nuestra vida cotidiana. Creo que una de las cosas que ocurre durante la práctica espiritual, que también ocurre cuando vamos a morir, es que hay un sentimiento de pertenencia a las demás personas, sentimos que pertenecemos a algo más grande que nosotros, que también nos incluye. En el budismo lo llamamos ‟”no separación”, o “interdependencia”, pero creo que la gente experimenta esto a menudo en el proceso de su muerte. A veces, lo experimentan como una conexión con Dios, o con sus antepasados, o con gente que ha fallecido antes que ellos. Todo el mundo tiene su propia visión de lo que ocurre tras la muerte, y creo que es importante que examinemos esta visión, que le preguntemos a otros: “¿Qué crees que hay tras la muerte?”. No tengo interés en imponer mi visión sobre otros; más bien, me interesa saber qué piensan ellos. Le pongo un ejemplo: trabajé con una mujer que profesaba la fe de la Ciencia Cristiana. Era una cristiana muy devota, sentía un gran amor por Jesús. Una vez me dijo: “Cuando muera, solo quiero posar la cabeza sobre el regazo de Jesús”. Se sentía muy tranquila al respecto. Y un día su nieta vino a visitarla y le dijo: “Abuela, he leído un libro. No tienes que preocuparte por la muerte. Cuando mueres, todos los que han muerto antes que tú, estarán allí para acogerte, para darte la bienvenida”. Y su abuela se asustó mucho. ¿Por qué? Porque guardaba un secreto que nunca había contado. Y era que su marido, Edgar, le había pegado la mayor parte de su vida. Y él había muerto tres años antes. Y ahora la idea de pasar la eternidad con Edgar no era muy agradable. Por eso, yo no impongo mis ideas sobre los demás, ni mis ideas budistas, ni ningún tipo de dogma. Mi misión es ayudarles a que descubran por sí mismos… qué es lo que más les importa, ¿entiendes? Qué es lo que les reconforta, en qué tienen fe.

MÁS ALLÁ
-Usted dice que una buena pregunta tiene corazón, porque surge de un profundo amor a descubrir lo que es verdad. ¿Podemos preguntarnos por el misterio de la muerte o es tan inefable que cada tradición lo define según su cosmovisión? Como el Bardo thodol, en el que da terror pensar que vas a elegir un renacimiento terrible, o el infierno en los cristianos. Pero hay algunos “items” que siempre se repiten: el juicio final, el río, el atravesar… ¿Se puede saber realmente qué hay más allá?
-Yo creo que hay que distinguir entre las creencias y la fe. Las creencias son ideas firmes, y la muerte suele romper nuestras ideas más firmes. Y nos presenta algo mucho más fundamental. No sé exactamente qué ocurre cuando morimos. Existen distintas tradiciones que lo abordan de diversas formas. Creo que, a estas metáforas que tú mencionas, nos enfrentamos a ellas en nuestra vida cotidiana. Siempre experimentamos algún tipo de juicio, a veces vivimos en una especie de sala de tribunal en esta vida. Creo que podemos familiarizarnos con estos estados aquí y ahora. Creo que “misterio” sería una buena palabra. No sé si podemos entender el misterio en un sentido cognitivo. Pero creo que podemos “sumergirnos” en el misterio como podemos hacerlo en una hermosa pieza musical. Cómo la música entra en nuestro cuerpo y vamos al mismo ritmo que ella. Creo que el proceso de la muerte es algo así. Entra en nosotros y nos guía y nos muestra el camino. Pero uno de los retos a los que nos enfrentamos es: “¿Estamos dispuestos a liberarnos de nuestra historia y sumergirnos en el misterio?”. Muchas veces queremos imponer sobre el misterio nuestro plan, nuestra idea de cómo debería ser, cómo deberíamos sentirnos, sobre cómo debería saber y oler. Mi padre solía decir: ″La muerte no puede ser tan mala: nadie ha regresado para quejarse″.

-¿Se muere como se vive? ¿Podemos tener una buena muerte sin haber tenido una buena vida?
-Bueno… Yo creo que es un cliché eso de que morimos como vivimos. Y los clichés son medias verdades, se parecen a la verdad, pero no son enteramente verdad.  Yo he visto a personas que, en los últimos instantes de su vida, la cambian completamente al encontrarse con la muerte. Por eso, no estoy de acuerdo con este cliché de que morimos como vivimos. Sí acepto que hay hábitos que pueden convertirse en impulsos firmes, y esos impulsos nos hacen avanzar, incluso en el momento de la muerte. Así que, una de las preguntas que tenemos que responder es: ‟Si los hábitos crean impulsos, entonces, ¿qué hábitos queremos crear en nuestras vidas?”. Pero creo que también tenemos que reconocer que, aunque muchas tradiciones espirituales consideran la muerte como el momento más importante, tenemos toda una vida que viene antes de ese momento. Aunque es muy importante, y se dan circunstancias especiales en el momento de la muerte, ¿acaso no cuenta el resto de nuestra vida? ¿No cuentan las cosas buenas que hemos hecho, los pequeños actos de bondad con los demás? ¿Todo eso no importa? Yo creo que sí, mucho.

-También importa el mismo momento de la muerte…
-También creo que importa lo que está presente en el momento de la muerte. Por ejemplo, las personas pueden experimentar gran confusión cuando van a morir, pero pueden estar rodeados de seres queridos que ofrecen calma. Esto puede tener una gran influencia en el proceso de su muerte. No creo que muramos en soledad, yo creo que morimos en comunidad, creo que necesitamos el apoyo mutuo en el proceso de nuestra muerte. Y creo que una de las consecuencias de la medicalización de la muerte es que la hemos convertido en una patología. En vez de verla como la culminación del viaje de nuestra vida.

DAR SIN QUEMARSE
-Dices que la relación de ayuda puede convertirse en uno de los caminos de crecimiento espiritual más sólidos. ¿Cuál es el elemento esencial? ¿Cómo trabajar en medio del sufrimiento sin quemarse, sin fatiga de compasión?
-Yo creo que este término tan popular ahora, “fatiga de la compasión”, es un término equivocado, una mala interpretación de lo que es la compasión. Yo creo que la compasión tiene dos dimensiones. La primera dimensión es la de la ‟compasión sin límites”, absoluta, la compasión universal. Todo el mundo, todas las cosas, han participado de esta compasión desde siempre, incluso sin ser conscientes. Y luego está la ‟compasión cotidiana”, que es cuando hacemos algo por la gente, cuando los alimentamos, cuando ayudamos, cuando nos levantamos contra la injusticia. Esa es la compasión cotidiana. Esta compasión cotidiana puede volverse agotadora, podemos cansarnos de hacer buenas acciones. Y podemos volvernos resentidos, y querer que la gente nos dé las gracias por nuestras buenas acciones. Por eso la compasión cotidiana debe basarse en la compasión sin límites, en la compasión universal. Pero la compasión universal, la compasión sin límites, es tan solo una idea, una creencia, a menos que se arraigue en la compasión cotidiana, ¿sí? La compasión universal necesita de la compasión cotidiana, necesita nuestros brazos y piernas, necesita nuestras lenguas y nuestros ojos. Así es como funciona, así es como se plasma en el mundo. Creo que se da un intercambio de beneficio mutuo entre la compasión universal y la cotidiana. Creo que cuando entendemos esto, no nos agotamos tanto. Creo que una de las causas principales de agotamiento en nuestra cultura, en nuestro sistema sanitario, es que no tenemos claro cuáles son nuestras necesidades cuando hacemos este trabajo. Esa es la primera. La segunda es que el sistema espera demasiado de nosotros. Se les pide a los enfermeros, médicos y otros que hagan demasiado con muy pocos recursos. Esto crea un gran conflicto en sus vidas.

HOSTILIDAD HORIZONTAL
-¿Nos exponemos al dolor de otros?
-La causa real del agotamiento suele ser lo que llamaríamos “trauma secundario”, la exposición al dolor y al sufrimiento de otros, sin que tengamos forma de metabolizar la experiencia. Si trabajamos con pacientes que están muriendo, no basta con luego volver a casa, ver la TV y tomarse una copa de vino. Tenemos que encontrar otra forma de procesar lo que hemos visto, necesitamos hacer prácticas como mindfulness, o prácticas espirituales  para integrarnos en ese algo más grande que nosotros, que nos incluye. La causa principal del agotamiento y del abandono en el sistema sanitario es lo que llamamos la “hostilidad horizontal”, la falta de respeto de enfermero a enfermero, de médico a médico; el menosprecio entre iguales, entre compañeros. Por eso, tenemos que reconocer este problema en los sistemas sanitarios, y resolverlo de forma positiva. Por eso, debemos tener una base de compasión absoluta, necesitamos la expresión diaria de la compasión, y, también, debemos encontrar formas prácticas de trabajar en los sistemas que tenemos, hacerlos más humanos para la gente que trabaja en ellos.

-¿Por qué las “cinco invitaciones”, de las que usted habla en su libro, sirven tanto para vivir como para morir? ¿Es que vivir es morir?
-No, no lo creo. Creo que una “invitación” es una petición para que asista a un acontecimiento concreto, como si le invito a mi boda o a cenar a mi casa. Las “cinco invitaciones” son los acontecimientos de nuestra vida, son invitaciones para sumergirnos de lleno en nuestras vidas. Fueron personas que estaban muriendo las que me enseñaron “las invitaciones”. Cuando vamos a morir, cuando estamos ante el precipicio que es la muerte, comprendemos qué es lo realmente importante. Entonces, al acompañarlos, ellos me mostraban qué era lo más importante para ellos. Por eso, las invitaciones son: “No esperes”, “Acepta todo, no rechaces nada”, “Pon todo tu ser en la experiencia”, “Busca un lugar de reposo en medio de la agitación” y “Cultiva una mentalidad de no saber”. Creo que son importantes a la hora de cuidar de gente que está muriendo: son una excelente guía para eso, pero también valen para cualquiera de nosotros, para poder vivir una vida… integral, llena de aventura, y curiosidad, de sorpresa, de asombro.

 


LAS CINCO INVITACIONES

La muerte no nos espera al final de un largo camino. La muerte está siempre con nosotros, en la médula de cada momento que pasa. Ella es la maestra secreta que, oculta a la vista, nos ayuda a descubrir lo que más importa en la vida. “Las cinco invitaciones” es una estimulante reflexión sobre el significado de la vida y cómo la conciencia de la muerte atrae a nuestro ser más verdadero. Con más de treinta años de experiencia en el cuidado de personas en las etapas finales de sus vidas, Ostaseski ha descubierto que la muerte puede ser la guía que necesitamos para despertar plenamente nuestras vidas, para ayudarnos a forjar experiencias plenas y significativas.


 

Sacando la muerte del armario
HABLA DE ELLA Y DEJA DE TEMERLA

Frank Ostaseski (Nueva York, 1951), maestro budista de mindfulness, fundador del Zen Hospice Project y el Metta Institute (California), primeros centros de cuidados paliativos para enfermos terminales en Estados Unidos, empleó un curioso método para que su hijo perdiera el miedo a los monstruos escondidos en el armario. En lugar de sentarse en el cabecero de su cama y tratar de convencerle de que los monstruos no existen y que nada debía temer, se metía con él bajo el embozo de las sábanas y le preguntaba: “¿Dónde está?; ¿Crees que sigue ahí?”. “Sí, detrás de esa puerta”, decía el niño. “Vamos, ¿te atreves a acercarte un poquito conmigo?”. Y juntos reptaban por la moqueta en dirección a la temida puerta. “¿Qué, un poco más?”. Y, toda vez alcanzada la proximidad: “¿Qué, abrimos la puerta y lo abatimos con almohadazos? ¡Bumba, bumba, bumba!”. De este modo el niño no negaba su miedo, que hubiera surgido por cualquier otro lugar, sino que aprendía a conocer el objeto de su temor, que era inexistente, y, conociéndolo, éste (o sea el monstruo) dejaba de controlar sus noches. Es exactamente la misma teoría que aplica a sus enseñanzas para aprender a afrontar la muerte: “Hay que sacar a la muerte del armario. La gente está ansiosa de hablar y saber de la muerte; pues habla y afróntala ahora, no esperes al último momento”.