MARCAS BLANCAS “BIO”. A FAVOR Y EN CONTRA

Fecha de publicación: 01/04/2018

Autor: Beatriz Calvo

Materia: Comercio

Número: 73

Nos adentramos en el mundo de las marcas blancas y busca ventajas y desventajas al asunto. Y, de paso, se mete en otros asuntos afines, como la adquisición por parte de grandes empresas… de las firmas pioneras en el mundo “bio”.

Me adentro en el complejo mundo del discernimiento, sabiendo que nada es blanco ni es negro, que hay una intensa gama de grises en cada tema que tratamos. En esta ocasión,  nos adentramos en las marcas blancas ecológicas, que, como todo en esta vida, tiene sus defensores y sus detractores.

¿QUÉ SON LAS MARCAS BLANCAS?
Las marcas blancas, cuyo vocablo inglés original tiene una etimología que no deja indiferente “parasit brands” (parásito de las marcas), son productos más baratos que en principio son copias de productos de marcas conocidas. Un ejemplo sería el sirope de ágave de la marca blanca de Veritas, una empresa de supermercados ecológicos, que podría imitar a El Granero, o la quinoa de la misma marca blanca que parece la copia de la de Biogran. En principio son productos más baratos, pues carecen de los costes de márketing que toda marca necesita para ser lanzada y comercializada; y, según algunas fuentes, también son más baratos porque la calidad está un poco por debajo del producto original.
Muchas marcas conocidas fabrican marcas blancas para los grandes grupos de distribución, como El Granero Integral. Se suman a una tendencia imparable, que es la comercialización de los productos ecológicos en las grandes superficies, aunque, para algunos analistas, en el camino se quedan varados los valores sociales y medioambientales, en muchos de sus aspectos menos evidentes: producción local, frutos de temporada que evitan el despilfarro, etc. Es decir, todo aquello que caracterizó a la cultura ecológica desde sus inicios.

SALIR DEL ARMARIO
La aparición de las marcas blancas es una estrategia propia de las grandes empresas de distribución que monopolizan la alimentación en nuestro país. Aliarse con el gran capital para poder llegar a un público mayor y salir del armario de lo alternativo, comercializando más productos en busca del crecimiento, siempre tiene sus riesgos, sus amenazas y eso es lo que se está discerniendo en el debate entre el ecologismo más activista, combativo, y el que quiere adaptarse a los cambios en el sector. Por un lado la cultura ecológica sale de sus márgenes y acerca a una población, cada vez más enferma por tóxicos ambientales, la posibilidad de comer más sano a un precio más asequible, pues una de las grandes dificultades del crecimiento del consumo ecológico es su precio, que excluye a  la mayoría, no porque sean caros realmente, sino porque las ayudas al sector alimentario se las lleva siempre la agroindustria que no internaliza los costes ambientales y de salud que sus malas prácticas producen  y que suponen una competencia desleal para las empresas que sí internalizan esos costes; costes que son los costes de hacer las cosas teniendo en cuenta la salud y el medio ambiente y la dignidad de los trabajadores, lo que evidentemente encarece el precio del producto final de una cadena coherente con principios y en contextos de crisis económica el precio es decisivo en las decisiones de compra.

ABRIENDO PUERTAS
Las marcas blancas, al igual que lo hicieron primero en los productos convencionales, se abren paso con fuerza en el nuevo mercado de la alimentación ecológica. En España, el 78% de las ventas de este tipo de artículos lo son. Hay una creciente variedad de marcas blancas ecológicas de minoristas como Aldi, con su marca Gutbio, que tiene una gran oferta de productos. Otro ejemplo sería El Corte Inglés con su marca Bio; Carrefour también tiene Bio y Ecoplanet;  Lidl también llama a su marca propia Bio; Alcampo,  Eroski, etc., también tienen sus propias marcas blancas. Marcas blancas producidas, muchas veces, por los mismos fabricantes de ecológico de marcas reconocidas, pero ahora trabajando para grandes distribuidoras. Marcas blancas que han llegado para quedarse como primeras opciones de compra para muchos, pues la crisis hace que mucha gente las escoja, aunque reduce las opciones, pues muchas marcas desaparecen de los lineales, ya que compiten con ventaja frente a otras marcas que cierran al no poder competir. Por otro lado, las marcas blancas hacen que los márgenes de negociación con los distribuidores sean cada vez más restrictivos en algunos casos, lo que puede llevar como efecto rebote a cerrar o a una necesidad de recortes en otros aspectos que siempre han estado asociados con la cultura ecológica. Salarios dignos a los productores, a los trabajadores, instalaciones acorde a las sostenibilidad… Aunque, si hemos de decir toda la verdad, también es cierto que esto da trabajo a más gente, nuevos empleos, etc.

LA CULTURA “BIO” ANTE EL CAMBIO
Para los detractores, el consumo es un arma política, que puede transformar el eje de la economía en la que nos movemos. El consumo de productos ecológicos nació como una alternativa a un sistema agroindustrial que está envenenando literalmente el planeta con sus insumos, pesticidas, abonos químicos, con altísimos gastos hídricos y energéticos. Que deforesta, que  lleva a la desaparición del campesinado mundial, base de la soberanía alimentaria que hace a los pueblos libres. Que  arrasa las especies vegetales y animales autóctonas, que paga salarios que impiden una vida digna a los cultivadores y que además les exponen sin protección a agroquímicos peligrosos, entre otros im-pactos innumerables. El con-sumo ecológico nunca fue solo una cuestión de salud y calidad, aunque sea uno de los elementos principales por los que muchas personas se acercan, sino que se concibió desde el inicio como un arma de transformación política que podía trascender la esfera del individuo y su necesidad de alimentos saludables.
Aceptar por tanto las reglas de juego de las grandes distribuidoras es inaceptable para muchos para los que es evidente que estas grandes superficies instrumentalizan lo ecológico con un exclusivo ánimo de lucro y que los valores asociados a lo “bio” no están entre sus políticas empresariales. Evidentemente no les interesa la soberanía alimentaria, ni la agroecología como herramienta de transformación.

VENTAJAS
Para otros autores, en cambio, el que el gran público conozca los productos ecológicos a través de las grandes superficies ayuda a presionar al gran capital para que retire cada vez más de la cadena alimentaria productos como el aceite de palma que enferma y  deforesta, como está pasando en varias cadenas como Alcampo y ante la presión popular. Puede que sea un lavado de cara, un maquillaje verde, pero su poder para dictaminar lo que se produce, lo que se vende… es enorme y poco a poco la ampliación de la conciencia del consumidor puede obligar a retirar muchos otros componentes que son nocivos. Sería una victoria parcial, aunque las ideas originales del sector se conviertan en no más que un objeto de consumo, ya que para estos autores es indicativo de que la cultura colectiva se está contagiando poco a poco de valores impulsados desde los márgenes y eso puede desencadenar nuevas victorias.

DISYUNTIVA
Al consumidor le toca elegir. Elegir  los productos que van más allá del binomio calidad-precio o elegir hacer política defendiendo el ideario completo de la cultura ecológica, tanto en el aspecto ambiental con productos de calidad, saludables, respetuosos con el medio ambiente, de proximidad, de temporada y los criterios sociales de precios justos para el campesino, y salarios dignos en toda la cadena de producción, distribución, lo que supondrá siempre más esfuerzo energético y económico, participar en grupos de consumo, apoyar a las empresas que generan tejido social, a las tiendas de toda la vida, más desplazamientos para buscar lo que necesitas. O elegir el camino más fácil y cómodo de las grandes superficies, donde las marcas blancas permiten acceder a un público mucho más amplio, para el que era inaccesible este consumo por precio y disponibilidad y permite además a los productores comercializar un mayor número de productos y crecer como empresas.
Aceptando, en esta segunda opción, que la agricultura ecológica se va integrar  en el seno de la economía global y en estructuras como los supermercados en una tendencia imparable, pues los fondos de inversión están comprando las empresas pioneras, empresas familiares de referencia que hicieron la historia del comercio de lo ecológico y aunque nos disguste, hemos perdido el control, pues el nicho de mercado es muy tentador para su necesidad de crecer sin límite en beneficios. Y aunque en superficie todo parecerá igual, el espíritu de ese sector será transformado por las prácticas propias de las multinacionales. Competirán, como solo ellos saben hacerlo, conseguirán cerrar las tiendas especializadas, seguramente, bajarán los sueldos, ya lo están haciendo. ¿Qué pasará con la soberanía alimentaria, con el respeto del medio ambiente, con la vertebración del territorio, con la cercanía…? Podemos intuirlo, pero, quizá, quién sabe, esa amenaza pueda conseguir de forma perversa lo que no se consigue desde los márgenes, convertirse, a su pesar, en un motor de transformación y que lo ecológico, al llegar a todos los hogares, se haga universal y salga del elitismo de los privilegiados y su mayor demanda fuerce al enemigo a realizar algunos cambios sustanciales en la agricultura intensiva y por lo menos la naturaleza se verá libre de transgénicos, aceite de palma en los potitos de nuestros hijos; químicos, pesticidas, antibióticos en la leche…
Aunque el elemento social… seguirá siendo su talón de Aquiles y quedará expuesto al que quiera ver el rostro verdadero de esta nueva ecología convertida en un mero objeto de consumo; y los que defendemos que el consumo puede cambiar el rumbo de la economía seguiremos luchando para que los auténticos referentes lleguen a la opinión pública y puedan ser elegidos como los héroes cotidianos que se enfrentan a la, quizá necesaria, también, nada es blanco ni negro, democratización de las marcas blancas. Les hablamos de la poesía de una leche de autor, la rebelión de una cooperativa de consumo, la revolución de una huerta a las puertas de tu casa. Las iniciativas locales y familiares seguirán siendo la opción de los más comprometidos con el consumo consciente. Aunque, también es verdad, los dos mundos no tienen por qué ser incompatibles.

 


 

LA GLOBALIZACIÓN DE LO ECOLÓGICO
LOS “HOBITTS”
Los fondos de inversión, el capital riesgo, la punta de lanza del capitalismo feroz, está comprando las casas de los hobitts, las empresas que nacieron defendiendo los principios de la ecología en su vertiente ambiental y social y que crecieron. Estos pioneros de los ecoemprendedores hicieron bien las cosas y se han convertido en un objeto de deseo del sector financiero, que quiere el control  sobre “nuevos segmentos de mercado”. Pongamos algunos ejemplos sacados de la revista “Soberanía Alimentaria” y otras fuentes. Vegetalia ha sido comprada por la transnacional Ebro Foods por quince millones de euros. La misma firma compró también Celnat, grupo francés también pionero, por 25,5 millones. Amazon ha comprado Whole Foods, referente americano e inglés. Idilia Foods (Colacao y Nocilla) ha comprado Biográ. Natursoy fue comprada por un conglomerado francés. Nazca Capital ha comprado una participación mayoritaria a El Granero Integral. La tendencia es imparable. Lo resume en un comunicado la transnacional arrocera Ebro Foods, denunciada por los campesinos de Marruecos por la ocupación de sus tierras tradicionales para el cultivo y supervivencia de su cultura campesina: “El acierto en el posicionamiento de todas nuestras grandes marcas, europeas y norteamericanas, en los segmentos de la alimentación orgánica y el healthy food está posibilitando la apertura de una nueva vía de crecimiento para el grupo, situándonos a la vanguardia de las nuevas tendencias en alimentación”. La tierra media se está quedando sin hobbits. El poder del anillo transforma.