MUERTE A LA MUERTE

Fecha de publicación: 01/07/2018

Autor: Dionisio Romero

Materia: Ética

Número: 74

Dionisio Romero vuelve a la carga con sus artículos denuncia. Esta vez, de nuevo, con su rica y poética prosa. Pero, atentos: el asunto es terriblemente descorazonador.

 

Hace unos meses, entre el tumulto de noticias que aparecen en los periódicos, se deslizó una entre las páginas secundarias que al que esto escribe le erizó su ya vapuleada conciencia. Era una noticia de rango anecdótico, que el propio articulista no sabía juzgar si era positiva o inquietante, un avance social o tal vez una decisión problemática. El asunto se presentaba, no obstante, como un logro de la sanidad holandesa, que resolvía un problema con una audaz medida de carácter por supuesto “humanitario”. El problema es la carencia de órganos humanos para trasplantes, y la solución de los legisladores y políticos holandeses ha sido regular por ley que todo cuerpo humano estará obligado a pasar por el quirófano, una vez difunto, para ser despiezado. Esta ley, enmarcada en la figura del “consentimiento presunto”, da por efectivo la disposición de cualquier cuerpo en que  no haya una declaración atestiguada de oposición. Algo parecido está legislado en España, aunque aquí se ha decretado la aprobación final de los familiares. El debate para la elaborar esta ley ha sido complejo y no es intención de este artículo el análisis de sus bondades bioéticas, ni su eficacia para suplir la carencia de órganos. Lo proponemos como una pieza más de un proceso de construcción de una sociedad política cada vez más estatalizada, como un ejemplo de la ya casi patológica dificultad de discernir realidades humanas, sin la retórica utilitarista y sentimental que configura el nervio motriz de nuestro mundo.

“MONUMENTO AL RECUERDO”
En un viaje por Suiza para visitar la tumba de un amigo, nos informaron de que por ley todos los cadáveres permanecen en sus nichos por cinco años y, a partir de este periodo, ingresan en una fosa común. Las autoridades suizas, para enmascarar un trato tan displicente a los muertos y un abandono tan notorio de cualquier tradición fúnebre, han dispuesto que esta fosa del olvido se llame “monumento al recuerdo”. Sacamos a colación esta anécdota porque es otro testimonio, asociado al lugar que van ocupando los cuerpos difuntos en la actualidad y la necesidad de construir un neo-lenguaje que disimule y oculte realidades.
Así, los cadáveres van desapareciendo de nuestra ciudad política, primero en los países de vanguardia, que son los de mayoría protestante, padres axiológicos del progresismo y del capitalismo; y luego, siempre por la puerta trasera, en los llamados países católicos, menos inclinados a la ingeniería social, pero cuando esta se instaura… se convierten en celosos guardianes de las novedades. Este desarrollo de “desocupación”, o si se prefiere de la “expropiación” de cadáveres, va parejo a las nuevas legislaciones de aplicación de la eutanasia. Ley esta última, que rubrica de manera indisimulada el poder total sobre los cuerpos y las vidas que tiene el Estado actual: soberano de facto de la muerte y de la vida, que en el afán capitalista de obtención de beneficio crematístico… ha transformado al individuo completo en mercancía y dará un uso instrumental hasta en sus ultimidades.

EL ANTI-RITUAL MORTUORIO
Hay algo poderosamente simbólico en este anti-ritual mortuorio, llevado a cabo no en templos, ni a orillas de ríos o en cumbres montañosas, sino en quirófanos, entre cámaras frigoríficas,  informes burocráticos y mensajeros motorizados transportando piezas de recambio. También hay algo de profundamente significativo en la costumbre actual de la cremación de cadáveres, y su abandono glacial en la intemperie del olvido, o en esta medida Suiza de amontonamiento de los restos en fosas comunes, que, con la fuerza de una metáfora, transforma el país en zona de guerra y a sus muertos en anónimos combatientes. Mucho ha recorrido la humanidad en sus percepciones de la muerte, que de elevar montañas para honrar a sus muertos en las orillas del Nilo ahora escava olvidos en las orillas de un Rin industrializado. De preparar a sus muertos para emprender un viaje siempre peligroso y definitivo, ahora convencidos de que todos los viajes escatológicos se han cancelado, nos parece un gran consuelo que viva una parte de su anatomía en otro futuro cadáver y que sirva a las necesidades de funcionamiento de la sociedad. Si antes nos consolábamos porque el difunto vivía en un cuerpo de Gloria que une a vivos y muertos con lazos de tradición y profundas mediaciones, ahora, rotas todas las tradiciones, convencidos hasta de que ha muerto la muerte, como ha muerto Dios, solo nos queda colocar a nuestros muertos en los asientos contables del utilitarismo. Para que esta nueva doctrina sobre la no-muerte sea aceptable socialmente, están nuestros ingenieros publicistas y la voluntad de hierro del Estado: esa criatura autónoma y voraz que vamos alimentando entre todos, con nuestra ignorancia y falta de prudencia. Al desaparecer o estar en vías de extinción, los principios antropológicos que nos religaban a un mundo de realidades y principios, al desaparecer cualquier noción de verdad, al quedar “obsoletas” las nociones de esencia y substancia en filosofía en beneficio de la materia o la existencia, al parecernos imposible la posibilidad objetiva de una ley natural, al renunciar a la noción de persona y sustituirla por la de individuo, al invertir la relación ontológica y psicológica entre verdad y libertad, al aniquilar cualquier comprensión sobre la autoridad y con ello dejar de comprender que jerarquía significa “dar y recibir” y por lo tanto aumentar y perfeccionar, al entrar en guerra con la naturaleza y despreciar lo natural, al sobrevalorar lo artificial por rechazo a la Providencia, al crear un nuevo culto de lo “natural” totalmente infantilizado, al atacar la fertilidad, al desnaturalizar el cuerpo humano y transformarlo en voluntad autoconstruida, al arruinar nuestras fuentes de sabiduría y sustituirlas por la inconsistencia, al ir paso a paso levantando, como ingenieros locos, este dique que inmoviliza cualquier agua viva, nos vamos encontrando en una prisión de hormigón que se llama Estado; esa criatura que está decidida a controlar y tutelar toda nuestra existencia. Todas  estas leyes que como en una hemorragia van saliendo día a día de la gran Máquina de Poder, respondiendo a los buenos sentimientos de sus peones, son una brutal maquinación luciferina para saltar sobre el más allá, aunque ya no crea en él -aunque nosotros sabemos que lo teme y lo teme mucho, porque tarde o temprano el dique reventará y ya estamos viendo las grietas-.

¿QUIÉN MUEVE LOS HILOS?
Si decimos luciferina, sabemos que muchos lectores se quedarán perplejos o tal vez lo lean como una licencia literaria, pero somos muy conscientes de su uso y queremos concluir con una breve explicación. ¿Para qué todas esta reformas, qué persiguen, qué las alienta, a dónde nos conducen, qué ganamos con un Estado omnipresente, qué obtenemos siendo cada vez menos libres, más cretinos, más débiles? Pues bien, no obtenemos nada real y necesario, no hay aumento sino disminución, no hay libertad sino sometimiento, no hay salud sino depresión, no hay más vida sino muerte y tampoco muerte, sino no-muerte. ¿Entonces quién mueve los hilos? Los marxistas dirán que el Capital. ¿Pero quién domina el Capital? Se dirá que es un motor ciego: llamado lucha de clases o tal vez una consecuencia de la necesidad de adaptación y la búsqueda de recursos; a los idealistas les gusta más la noción de la Historia como principio dialéctico en guerra constante, otros especulan sobre principios lunares inconscientes que gobiernan, como los instintos, nuestra historia. Esta sociología de lo lunar nos parece interesante, porque resalta la evidencia de algo oculto que mueve la historia humana y las decisiones en su cultura.
Veamos este principio lunar en relación a lo solar en el ejemplo que inicia el artículo: se argumentará que hacerse dueño de todos los cuerpos ya inservibles de los muertos es un bien porque ayuda a personas necesitadas en riesgo de muerte -argumento solar-, pero, si hemos ido comprendiendo lo dicho en este breve artículo, veremos que esta ley tiene un efecto más soterrado, que está emparentada con otras afines y que va preparando una nueva realidad política y antropológica, una realidad de disminución de lo humano, de inversión de su condición sobrenatural, como primera operación para destruir su naturaleza -siempre hay relación íntima y causal entre lo sobrenatural y lo natural: destruyes una y arruinas la otra-. Hay por lo tanto una fuerza lunar, y esta por definición no argumenta, no se hace visible, no es racional, tampoco emocional, pero es actuante, responde a mecanismos humanos profundos y con ellos trabaja. Si a esta fuerza la intuimos como un sujeto,  nos topamos con el maestro de las divisiones, el Divididor, el Diablo. Podemos también decir que no, como materialistas o agnósticos, pero aún así nos encontramos con la siguiente paradoja: algo actúa con las armas y argucias de un sujeto y no es un sujeto, algo nos lleva donde no queremos convenciéndonos que lo queremos, algo cambia los trajes a la realidad con las habilidades de un sastre astuto, algo construye y destruye culturas pero esconde la fuente de sus recursos. Este Sujeto, esta fuerza actuante, este motor oculto, quiere además adentrarse en la muerte, establecerse allí, obrar allí su tiranía. ¿Somos capaces de ver en este “impulso” inteligencia y delirio? ¿Vemos en cada nueva reforma penal una pieza de un puzzle, que poco a poco desvela un paisaje coherente y nocivo?
Curiosa paradoja la que anuncia este artículo, que nos recuerda que necesitamos una muerte viva para vencer a una vida muerta.