POR UN ÓBITO CONSCIENTE

Fecha de publicación: 01/07/2018

Autor: Pedro Burruezo

Materia: Ética

Número: 74

Las diferentes tradiciones espirituales ya lo anunciaron en su día y el profeta Muhámmad (saws), el sello de la Profecía, fue bien explícito. Solo hay una manera de vencer a la muerte: “Morir antes de morir”. Morir a nuestras miserias humanas, a nuestros defectos, a todo lo que nos “ensucia”, a las pasiones que son ilícitas. Morir, sobre todo, a nuestro afán por lo mundano. Vencer esta guerra, la gran “yihad”, es la única forma de alcanzar la inmortalidad. El reto más difícil al que nos vamos a enfrentar en vida…

 

Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada produce una dulce muerte
Leonardo da Vinci


Pero el caso es que nuestra cultura ha hecho un ídolo de la vida y ha sepultado, nunca mejor dicho, todo aquello que tiene que ver con la muerte, como si ésta no existiera cuando el tenerla presente puede ser muy útil en diversos ámbitos.

EL TABÚ
Occidente ha construido un mundo de espaldas a la muerte. Uno de los escritores más certeros sobre este tema es Philippe Ariès. En su “Historia de la muerte en Occidente”, nos habla de cómo vivimos silenciando lo ineludible. Se trata de un libro revelador y que se ha hecho necesario. Desde su publicación por vez primera en 1975, los ensayos que conforman este volumen se han convertido ya en un clásico. Concebidos en su origen como una serie de conferencias para la Johns Hopkins University, su recorrido abarca diversas ramas de las humanidades (la historia, la etnología y la antropología cultural), y nos presentan la fascinante historia del cambio gradual de la muerte, desde la percepción como algo familiar y «domesticado» en el mundo medieval… a otra concepción más moderna, “extraña”.
El proceso biológico por el cual en un individuo cesan sus funciones vitales… no forma parte de nuestra cotidianeidad. Lo han “esfumado”.  Todo ser humano nacido habrá de morir; esto forma parte inherente del propio ciclo de la vida y, a pesar de compartir esta cualidad con el resto de los animales y otros seres vivos, solo en el humano esta realidad ontológica, “la consciencia de la muerte”, toma dimensiones realmente existenciales. Pero cada vez menos. Porque el mundo moderno ha hecho desaparecer lo funerario y todo lo que le rodea de la vida de las personas. Incluso el duelo ha desaparecido. Vestir de negro… ya ni se usa. Hay quien asiste a un entierro con minifalda y todo rito sagrado es sustituido por un conjunto de convenciones sentimentales poco profundas: los discos que escuchaba el finado, el álbum de fotos, etc. Ni una palabra sagrada durante el sepelio. La muerte es una realidad ineludible, innegable y por consiguiente su presencia es insustituible. Pero la muerte es silenciada y ocultada en nuestra sociedad porque no le es conveniente a la maquinaria consumista y materialista que el público en general se haga grandes cuestionamientos abstractos, sino que el individuo se preocupe en producir y, sobre todo, consumir. Por eso muchas veces nos toma descuidados cuando menos lo esperamos.

NUESTRA COMPLICIDAD
Estamos haciendo desaparecer a la muerte de la vida y, en buena medida, somos cómplices de ello. Cada vez más, se le tiene miedo a lo desconocido. Y nadie nos dice nada acerca de una espiritualidad profunda. Por lo tanto, cuando muramos, qué será de nosotros y a dónde iremos luego. ¿Es el fin de todo? El relativismo actual. A medida que el hombre se ha ido separando de una concepción sagrada se ha transformado cada vez más en un fanático adepto de la nueva religión materialista. Pero que seas un adepto no significa que no vayas a sufrir las consecuencias de pertenecer a esa secta masiva.

UN PROCESO
Jesús explicaba la muerte como parte natural de un proceso y no como un fin, dado que la vida no termina con la muerte, pues hay una vida más allá de la muerte… Pero la cultura occidental escindida del cristianismo, una cultura que niega sus orígenes y que se ha transformado en algo extraordinariamente materialista, oculta la muerte y, de alguna manera, la niega. El culto a la vida es un culto a la materia y a lo que se puede ver. Se niega toda dimensión espiritual en el ser humano, que es la forma más rentable de que los individuos sigan produciendo y consumiendo sin ver más allá de su mera existencia biológica, cada vez más deshilachada. Así, pues, toda negación de nuestra esencia espiritual es uno de los mejores argumentos para la sociedad de masas, se quiera ver o no. La muerte como fin de todo es una jugada estratégica maestra de los artífices de la sociedad consumista. Eso sí, esta nueva legión de materialismo necesita ejércitos de psicólogos, psiquiatras, fármacos, drogas, medios de masas, comida tragada de forma compulsiva, abogados, policías… para que pueda funcionar, pues el resultado es la transformación de una sociedad unida en una especie de mosaico roto en el que los individuos son los cristales rotos en mil añicos, cristales que nunca más volverán a formar parte de una cristalera grande, limpia y por la que pasaba la luz sin dificultad. Esos cristales rotos son incapaces ya de vivir en armonía con la Naturaleza y, es más, se convierten en cómplices alegres de un sistema que corrompe todo aquello que toca y, en especial, todo aquello que tiene que ver con el mundo natural.

HAY ALGO MÁS ALLÁ
Yo siempre me imagino la conversación de dos espermatozoides dentro de un testículo mientras el varón del que forman parte está haciendo el amor con su pareja. Uno le dice al otro: “Uno de nosotros saldrá de aquí, se transformará en un embrión, luego en feto, luego será un niño, irá al colegio, luego a la universidad…”. El otro contesta: “Sí, hombre. Estás flipando”. Lo mismo pasa con la muerte en nuestro mundo. Se niega cualquier otra posibilidad que no sea el dejar de existir sin más.
Pero los estudios dicen más cosas. Un algoritmo analizó los textos escritos por pacientes con enfermedades terminales y presos próximos a ser ejecutados para determinar qué sensaciones expe-rimentaban. Los resultados contradijeron lo esperado. Se le teme a la muerte. La mera idea de pensar en ella genera un escalofrío. La pregunta es automática: ¿cómo se siente morir? ¿Qué pasa en los minutos previos? ¿Qué sucede después? Una nueva investigación dilucidó la cuestión de los sentimientos del moribundo en los días previos, antes de que su vida terminara.

A partir del estudio de textos de enfermos terminales y de presos condenados a muerte, se llegó a conclusiones inesperadas. Kurt Gray, líder de la investigación, de la Universidad de Carolina del Norte, ha dicho: “Cuando imaginamos nuestras emociones, cuando nos acercamos a la muerte, pensamos principalmente en la tristeza y el terror, pero resulta que morir es menos triste y aterrador -y más feliz- de lo que la gente cree”. Los resultados, publicados en un número de la revista “Psychological Science”, destierran, según varios textos publicados por la prensa, “la presunción inicial del miedo y aseguran que, con la muerte cerca, se experimenta una sensación ‘inesperadamente positiva’. De hecho, así se llama el estudio: ‘Dying Is Unexpectedly Positive’. En el primero de los experimentos, Gray y sus colegas analizaron el contenido emocional de los mensajes en los blogs personales de pacientes con enfermedades terminales que estaban a punto de morir de cáncer o esclerosis lateral amiotrófica (ELA). A modo de comparación, pidieron a un grupo de participantes, a través de internet, que imaginaran que habían sido diagnosticados con cáncer terminal y que escribieran una entrada en un blog con la idea de que solo les quedaban unos pocos meses. Gracias a un algoritmo especialmente diseñado, detectaron señales en los mensajes reales e hipotéticos de enfermos terminales. Palabras que describían emociones negativas y positivas como ‘miedo’, ‘terror’, ‘ansiedad’, ‘felicidad’ y ‘amor’”.

EMOCIÓN Y FELICIDAD
El estudio corroboró que, una vez analizados los datos, “las publicaciones de los enfermos terminales incluían palabras de emoción, de felicidad mucho más positivas que aquellos participantes simulados, que optaron por más palabras descritas como de emoción negativa. El fenómeno recrudecía a medida que pasaba el tiempo y se acercaba la muerte: los enfermos apelaban aún más a sentimientos positivos”. Los datos son concluyentes: “En el segundo experimento, el equipo a cargo realizó un análisis comparativo de los textos escritos por presos condenados a muerte y convictos ya ubicados en el corredor de la muerte, próximos a ser ejecutados. Los resultados fueron los mismos: las palabras positivas aparecieron con mayor asiduidad con la cercanía de la muerte. Tanto en los enfermos terminales como en los reclusos en el corredor de la muerte, se registraron alusiones frecuentes a, por ejemplo, la espiritualidad y la familia, lo cual sugiere que tales cuestiones ayudan a sofocar la ansiedad por el inexorable deceso”.
“Los seres humanos son increíblemente adaptables -tanto física como emocio-nalmente-. Las últimas entradas de blogs de pacientes con enfermedades terminales y las últimas palabras de los presos condenados a muerte están llenas de amor, conexión social y significado”, sostuvo Gray. “La muerte es inevitable; pero el sufrimiento puede ser evitable”, concluyó. Si vivimos demasiado apegados a la vida, la muerte causa sufrimiento, porque la desconocemos. No se puede amar lo que se desconoce. Cuando vivimos en una sociedad tradicional que ha asumido lo que es la muerte, el proceso se facilita. Cuando la muerte se encuentra próxima, por más que hayamos vivido cobijados en la idiosincrasia del Occidente moderno, los ídolos caen y entramos en contacto con lo verdadero.

RITOS
Para los autores Oviedo Soto S.J.; Parra Falcón, F.M., Marquina Volcanes Y M., en su trabajo “La muerte y el duelo”, “los investigadores Romanoff y Terencio han publicado recientemente algunos comentarios elocuentes sobre los rituales relacionados con el proceso de duelo, definiéndolos como instrumentos culturales que preservan el orden social y permiten comprender algunos de los aspectos más complejos de la existencia humana. Según estos autores los rituales proporcionan un modelo del ciclo vital, dan estructura a nuestro caos emocional, establecen un orden simbólico para los acontecimientos vitales y permiten la construcción social de significados compartidos. Esto es bien importante tomarlo en cuenta, cuando nos toca vivir la muerte de un ser querido a la persona que participa en los actos fúnebres se le hace más hacedera la aceptación de la pérdida ocurrida; hecho contrario le sucede a aquella persona que es aislada y muchas veces sedada quizás con la intención de protegerla, porque en sus recuerdos no existen acontecimientos que le reafirmen que la pérdida del ser amado fue real (Posada)”. Sin ritos sagrados, continúa el caos y se impone el negocio de psicólogos y demás profesionales del coaching emocional en una sociedad fraudulenta donde ha desaparecido la familia, los maestros/as y cualquier atisbo de sabiburía primordial.

A SACO PACO
En la Antigüedad, lo normal era que las personas quisieran morir lentamente, rodeadas de sus seres queridos, para vivir con consciencia el dejar de vivir, precisamente.  Hoy, sin embargo, todo el mundo aspira a un proceso lo más rápido posible. En el caso de que el encuestado no muera de un infarto o de un accidente, los futuros finados aspiran a dejar este mundo absolutamente sedados para no enterarse de nada. Este es uno de los mayores dramas a los que se enfrenta nuestra civilización. Llegamos al mundo en un proceso no natural presidido por la epidural para desconectarnos de nuestra madre y del útero universal que es la Creación. Y nos vamos del mundo como yonquis (ojo: algunos yonquis están más “conectados” que el 90% de la población). Hemos leído esto en la red: “La mayoría de la población desea morir dormida, tener un tránsito tranquilo sin agonía. La agonía (o situación de últimos días) es la fase que precede inmediatamente a la muerte y que se manifiesta clínicamente por un deterioro físico grave, debilidad extrema, trastornos cognitivos y de conciencia, dificultad de relación y de ingesta. Es un síndrome clínico con unos signos (nariz fría o pálida, extremidades frías, livideces, labios cianóticos, estertores de agonía, pausas de apnea (>15 seg.), anuria y somnolencia) que pronostican una muerte próxima (más de 4 de estos signos es pronóstico de fallecimiento en 4 días).
La finalidad de la sedación no es adelantar la muerte, sino aliviar el sufrimiento cuando: 1.Existe un deterioro grave e irreversible (enfermedad avanzada o terminal). 2. Una experiencia de sufrimiento que no se puede aliviar de forma satisfactoria con ninguna otra medida (sufrimiento refractario), vivida por el enfermo, o su familia cuando no se puede expresar, como intolerable. 3. Y el enfermo (o quien le representa si es incapaz de decidir) lo solicita consciente de que la disminución de la conciencia puede adelantar su muerte”. Pero no nos vengamos arriba con los eufemismos. La realidad es que en los hospitales se suministran sedantes a cascoporro. Muchos enfermos no pueden ni escoger. No se les consulta. Se les administran a tutiplén. ¡Hala, venga, que ya es la hora de morirse. Y así no nos complicamos la vida (nunca mejor dicho)”.

MORIR CONSCIENTEMENTE
Pero hasta algunos médicos se sorprenden de que cada vez más pacientes muestren su deseo de morir conscientemente. Catalunya es una de las comunidades bastante avanzadas en una muerte “confortable”, parecida a la tradicional. Los llamados PADES (Programas de Atención Domiciliaria y Equipos de Soporte) son equipos que se desplazan a las casas para atender a enfermos que quieren permanecer y morir en su domicilio, una práctica que empezó hace más 25 años. La doctora en cuidados paliativos Marta Batalla aconseja, desde una entrevista publicada en “La Vanguardia”, que, pese a los tabúes, se debe informar y dialogar con el paciente para que decida el lugar y la forma en que desea morir, si es que esa muerte es más o menos previsible: “Hoy en día, morir en su propia cama es lo ideal, pero a veces no es posible cuando los síntomas no se controlan. En las últimas semanas de vida del paciente explicamos a sus familias que el sentido del oído y el del tacto es lo último que se pierde. Por eso, recomendamos que les toquen, para que se sientan acompañados, y que les hablen, aunque esto no significa que el paciente entienda lo que le dicen, sino que simplemente reconoce las voces de sus familiares y sienten bienestar al sentirlos próximos”, ha comentado Batalla. La doctora también asegura: “Es importante que el paciente esté plenamente informado de su enfermedad (eso de ocultarle la enfermedad a los pacientes debería estar penado: el paréntesis es mío), porque así les preguntamos dónde y cómo quieren morir, y si quieren ser sedados o no”. Por lo menos, la doctora hace alusión a que decida el paciente si quiere la sedación o si no la quiere. La doctora advierte: “La sedación es una opción terapéutica que consiste en administrar unos fármacos para que la persona disminuya su nivel de conciencia y no tenga inquietud, agitación o confusión, unos síntomas muy frecuentes en los últimos días de vida”; pero también señala que “me he encontrado que algunos piden no ser sedados, para estar plenamente conscientes de su final”. De eso se trata, de vivir y morir conscientemente. Sin ello, no puede haber armonía con el resto ni con uno mismo. Si no la ha habido en la vida, tampoco la habrá en la muerte. Y esto no vaticina un tránsito muy halagüeño…

 


SOCIEDADES TRADICIONALES
Animales para la alimentación

En cualquier sociedad tradicional, no se sacrifica ningún animal para la alimentación humana sin un rito sacrificial. Este rito tiene por objetivo que sepamos valorar la vida y todos los dones de los que gozamos y que el tránsito del animal esté bendecido y tenga un porqué. Hoy en día, la inmensa mayoría de la población consume productos cárnicos, procedentes de animales muertos, sin tener ningún contacto con la muerte. Es como si esos productos no procedieran de animales y hubieran sido elaborados en fábricas. Incluso los envoltorios huyen de reproducir imágenes en las que aparezcan animales. Ninguna referencia a la muerte.
En islam, la fiesta del cordero tiene en su esencia ponernos en contacto con aquello verdadero, no virtual, de lo que no podremos huir: la muerte. La muerte no es lo que cree Occidente, que se presenta a sí misma como la única manera viable de entender el mundo.
La muerte es una boda con la eternidad. Puede ser, según cada caso, la unión con el Amado, el retorno al verdadero origen, como nos han dicho los verídicos maestros de todas las tradiciones espirituales reveladas. Entenderla como una parte más del proceso vital, asumirla sin aspavientos ni sentimentalismos, nos librará de psicólogos, psiquiatras, charlatanes y estafadores de toda índole..