UN HOMENAJE A LA “BIOCULTURA”

Fecha de publicación: 01/04/2018

Autor: Dionisio Romero

Materia: Medioambiente

Número: 73

Dionisio Romero vuelve a la carga con sus textos profundos para hablarnos del concepto biocultura, que une vida y cultura, y que dio lugar a la feria más comprometida del estado español en lo que concierne a lo medioambiental, pero no solo a eso. Como siempre, polémica incluida.

El desarraigo es el fenómeno más generalizado en nuestro mundo y también el menos conocido. Vemos cómo muchos fenómenos sociales surgen precisamente de la constatación por parte de un colectivo de personas… de algo que ha perdido sus raíces, que se ha desvinculado de su sentido, que se encuentra desprovisto de sustento o expatriado o marginado. Todas estas definiciones aluden al mismo fenómeno: una realidad, como una pieza del puzzle de nuestra humanidad, se ha salido de raíz y debemos hacerla retornar a su quicio. En estos casos se ve un síntoma, pero no se consigue vislumbrar el problema en su conjunto, buscamos una solución al fragmento, pero permanecemos “desarraigados” del sentido axial donde reposa el corazón de nuestra vida. Ni que decir tiene que cuando uno intenta arreglar un tapiz, sin apreciar su diseño y sin conocer su trama, lo que hace es crear otro problema.

VIDA Y CULTURA
Por todo esto, guiados por esta enseñanza que vemos en sucesión vertiginosa, nos acercamos a un movimiento cada vez más imparable y que nos parece de gran interés y utilidad social. Mientras el mundo sigue su propia aceleración hacia su agotamiento, mientras las fuerzas de la Historia siguen amputando todo aquello que tenga raíz y sentido, mientras toda la Humanidad se está plegando alrededor de una mega-urbe como una estrella negra y con la excusa falaz de lo multicultural se van esquilmando los caladeros de todo recuerdo filial, mientras estas fuerzas las vemos en acción, en gran medida impotentes, algunas personas, algunas familias, quieren vincular Vida y Cultura, porque ambos conceptos que siempre han sido amantes se habían distanciado con el triunfo del racionalismo.
Recordemos que la Vida, ahora limitada prácticamente a la biología, en otros sistemas filosóficos abarca toda las existencias; desde las rocas a los ángeles, desde el modesto renacuajo al volcán que nos habla con lava y furia. Para Ptolomeo el cosmos estaba vivo, como nos recordaba Hans Jonas cuando teorizaba sobre el principio de vitalidad de los antiguos. En cambio, para nuestros astrofísicos actuales, es un territorio de sideral mortandad, por lo que invierten fortunas para buscar vida extraplanetaria, dejando perplejo a cualquier sabio antiguo. En otro fragmento del puzzle, que se nos ha caído y que por tanto ahora ignoramos, la vida no transita exclusivamente por los raíles del tiempo lineal, del tiempo Cronos, del tiempo atado al reloj biológico, por ello sí que puede retornar con un sortilegio de imaginación creadora a tiempos pretéritos e incluso permanecer siempre entre sus pliegues, inamovible, en un presente eterno como en la Tierras Puras o en nuestro Paraíso. Otro aspecto de su hondura… es que la vida es siempre criatural, sea vida inmaterial o biológica, porque toda vida es hija de alguien y da hijos cuando se inflama o se fecunda, de ahí que el matrimonio y la vida estén en íntima tertulia, inseparables, simbióticos, confidentes en amor y compañía, pero hoy observamos con turbada paciencia los nuevos “matrimonios estériles” de nuestros legisladores. Fíjense en el poder hieromágico de la vida que esta también latía en las palabras, hasta que Nebrija hizo una autopsia a la gramática y nuestros filósofos inventaron el cartesianismo y con él las palabras que se las lleva el viento. Nuestros abuelos, los bárbaros, cuando daban la palabra daban la vida, y como filósofos naturales que eran, entendían algo tan incomprensible para nosotros como que toda vida viene de la Palabra.

CULTURA
Este recordatorio sobre los territorios tradicionales de lo Vivo es simétrico al concepto de Cultura. Pero si uno consulta el tratado oficial de “Antropología general” de Marvin Harris no encontrará esta inspiración. Con la ilustración esta palabra es sospechosa de todo tipo de tropelías y coerciones, la cultura es hoy en día superestructura en el anguloso e hiriente lenguaje de Marx, tal vez alienación al gusto del feminismo, aproximación a lo existente como en las fábulas metafísicas de los positivistas, una idea estéril que se esculpe a voluntad desde la existencia, como el sobrevalorado Sartre y sus artistas modernos nos proponen o simplemente un programa y solo programa, como la izquierda o la derecha intercambiable, nos dictan en sus campañas a ninguna parte.
¿Qué sucede si a estas dos palabras las unimos en el neologismo de biocultura? Los que escribimos este artículo -que en esto no está solo el autor, sino toda esa filiación de semejantes actuales y pretéritos, toda esa suerte de herencias y raíces, toda esa multitud de seres y de imágenes de las que hablamos- pensamos que tal vez sea buena cosa repetir dos veces la misma idea, dado que vida y cultura son pareja y señalan lo mismo desde distintos lados o miran la misma extensión desde distintas atalayas. Podemos afirmar positivamente que esta bio-cultura no es otra cosa que la Vida haciéndose lenguaje o la Cultura preparando sus partos como toda criatura. Podría ser una manera de recordarnos, con dos palabras semejantes en cópula, que todos nacemos con una herencia.

INAGOTABLES
Si entendemos que vida y cultura son extensiones inagotables, en constante cortejo, que se presentan a cada momento y a cada ser como un matrimonio indisoluble, estamos ante la posibilidad de recomponer el puzzle, por la simple fuerza motriz de haber encontrado los secretos que se ocultan bajo el suelo de lo existencial, es decir, por haber dado con aquello que analógicamente denominamos raíces. Todo resuena en todo y debe permanecer vinculado a un centro, no se puede divorciar la vida de la cultura, como no se debe hacer ingeniería en lo biológico, alterando las sutiles relaciones entre especies, sin cosechar una calamidad ecológica, como tampoco  se debe hacer ingeniería en el organismo de la cultura sin prepararse para que nos estalle el experimento. Recordemos, a propósito de esta concepción de relaciones íntimas, lo que decía Basilio de Cesarea en su “Hexamerón”: “Al mundo entero, compuesto de partes desemejantes, lo unió Dios con vínculos de indestructible amistad, en una comunión y armonía, de modo que incluso los seres más distantes entre sí, por constitución, parecieran estar unidos por la simpatía”. La simpatía de Basilio, que nos habla aquí al lado, desde el siglo IV, con la cercanía de un vecino y la claridad de un ecólogo, es la simpatía que debemos tener en cuenta en cada propuesta que hagamos sobre el tapiz del mundo. Por ser más claros, queremos sacar a colación un ejemplo que los lectores de esta publicación conocen bien y que me permito señalar por su incongruencia interior. Este ejemplo sería como una pieza del puzzle en la metáfora con la que iniciamos el artículo. En un mundo cada vez más desarraigado, utilitarista y expropiador de la vida, algunos han reaccionado contra estas insanas tendencias elaborando una ideología de rechazo y cambio: es el  movimiento vegano. Ahora bien, si es cierto que su motivación inicial es pertinente, ¿lo son sus soluciones y compromisos? Si lo vemos en su parcialidad no hay nada que decir, cada cual toma sus compromisos, pero si lo vemos como tendencia global y en cuanto a lo que afecta al “tapiz” bio-cultural en su conjunto, debemos expresar nuestro rechazo. Siguiendo las analogías sobre permanecer enraizados en cada acto y en la comprensión de que todo resuena y afecta a la totalidad, habría que exponer a la visión prudencial -ese órgano del intelecto y de la virtud ahora olvidado- las consecuencias del veganismo, en sus frutos potenciales, con sus beneficios o peligros. Por no extendernos en un análisis que no es para ahora, con la precipitación que supone cualquier resumen,  podemos decir que, aplicando este criterio más amplio, más compresivo sobre la complejidad entre la cultura y la vida, el veganismo supondría en su triunfo la extinción total de la ruralidad; dado que esta como civilización que ha formado Occidente está en íntima vinculación con los campos, los pastores, el trasiego de ganados, la formación de paisajes antrópicos, la caza, las dehesas, la transformación de quesos y otros productos de procedencia animal, una jerarquía aceptada en los órdenes simbólicos y naturales donde el animal tiene su lugar y el hombre el suyo, toda una cultura que se expresa en su folclore de amistades y rivalidades con animales, juntos pero no mezclados, cooperantes por momentos, pero distantes en su naturaleza y condición, lo cual preserva su singularidad y la nuestra, y evita la deriva sentimental y patológica  de las relaciones con los animales domésticos en nuestros días. Buscar en definitiva abstenerse de todo consumo de animal y de sus derivados, por amor supuesto a los animales, es una manera de condenar a los que se crían y apacientan junto al hombre, es un comportamiento eminentemente urbano y sectario por su parcialidad y por no tener en consideración otras realidades implicadas en el fenómeno de la economía cultural de las sociedades humanas. Cuando además a esta teoría se la pretende dar categoría de “derecho humano”, como en el animalismo más radical, entramos en un proyecto de ingeniería social vía norma jurídica.
¿Qué se propone en este artículo? Que las nuevas tendencias de consumo biológico contengan un sentido de lo cultural. El autor de este artículo vive en un pueblo y trabaja en dos proyectos para la regeneración de la cultura rural y la recuperación de sus campos. Uno es el proyecto Mosaico (www.mosaicoextremadura.es) que lucha contra la despoblación y está implantando una metodología en la prevención de incendios catastróficos, precisamente propiciando el uso de ganado y la recuperación de las labores campesinas, porque detrás de estos eventos se encuentra el abandono de los pueblos y la consiguiente abundancia descontrolada de biomasa pirófila. El otro proyecto es Vivir en Acebo (www.vivirenacebo.es), que busca nuevos pobladores comprometidos en la recuperación de nuestros paisajes con labores también de campo, siendo el pastoreo la más necesaria. Pues bien, de la lista de personas interesadas y que están iniciando nuevos proyectos, todos quieren dedicarse a actividades ecológicas, sean frutales, frutos del bosque, aromáticas, quesos artesanales, esencias, cosméticos, etc. A todos ellos el concepto de Bio-Cultura les motiva y orienta y se está dando una importante posibilidad de poder echar raíces que sostengan no solo sus economías familiares, sino los rescoldos del mundo rural y los paisajes que hemos heredado. Creemos que en esta dirección podemos sentar las bases de un proyecto que se resiste contra el desarraigo de nuestro mundo, porque no olvidemos que toda cultura merecedora de este nombre es siempre mediación y mediadora, como toda vida fecunda.